Ante la reciente vuelta al liderato en Liga, este Barça no puede dormirse sin pensar en el reto más difícil que parece habérsele atragantado: la Champions. Parece que la tónica habitual de los últimos años en Europa está siendo tenebrosa, hasta tal punto que las visitas lejos del Camp Nou se transforman en terribles pesadillas, incluso con el marcador a favor. El dato se describe por sí solo: 5 victorias en los últimos 15 partidos a domicilio.

Desde aquella gesta imborrable en Berlín que significó la gloria del segundo triplete, al conjunto culé no le han salido las cuentas. Es cierto que tras aquel año, los azulgranas únicamente decidieron reforzarse con Arda Turan y Aleix Vidal, pero, sin embargo, sólo les sirvió para ganar Liga y Copa. El segundo año de Luis Enrique también parecía arrollador, hasta tal punto que los 39 partidos invictos entre los años 2015-16 parecían no tener fin. El Atlético de Madrid fue la primera piedra del camino que abrió una brecha que sigue sangrando hasta el día de hoy. Con la delantera de ensueño Messi-Suárez-Neymar, nada podía ir mal. Los campos de Alemania o Inglaterra parecían realmente factibles para un equipo que no se asustaba en infiernos nórdicos, pero que parecía encogerse en su habitual y cotidiana visita al Vicente Calderón. Dos eliminaciones en tres temporadas. En la 16/17, algo preocupante se estaba incubando en el estómago culé.

Barça fuera de casa
El Barcelona cayó ante el Atlético de Madrid en la temporada 2015/2016 | Fuente: Marca

Ya en fase de grupos, sin apenas ritmo de competición, la solidez defensiva se rompió por completo. En el Etihad Stadium (3-1) ante el City de un Pep Guardiola que aún estaba encajando las piezas del puzzle. Era inexplicable la forma que tuvo el Barça de arrollarles en el Camp Nou (4-0) y atemorizarse en Manchester. Esa actitud de superioridad que consiguió conquistar cada esquina de Europa, se estaba diluyendo a medida que los de Lucho se hacían menos equipo. El centro del campo desapareció para, únicamente, dejarle toda la responsabilidad a los de arriba. Iniesta y Busquets ya no estaban para jugarlo todo y, si mirabas al banquillo, Denis Suárez y Rafinha no eran capaces de salvar los muebles. Sergi Roberto se consolidaba en el lateral sin ser lateral, Mascherano ya no tenía el mismo empuje de antes y Jordi Alba era un recurrente en la enfermería. La defensa tampoco estaba para muchos trotes. A partir de ahí, una montaña rusa de emociones que acabó desencadenando en el peor de los finales.

Las derrotas más dolorosas

París, el día del amor. El prestigio no te gana partidos, pero sí te hace salir con un plus de ventaja sobre el rival. Donde años atrás Luis Suárez fabricaba túneles, ahora comenzaba a taparlos. Su sequía goleadora fuera de casa aún se discute. El charrúa partió de base en aquel once que fue superado y humillado ante un PSG que brilló bajo la Torre Eiffel. La hecatombe estaba por consumarse y la película en fase terminal. No había manera de recomponer aquel agujero negro en bucle en el que había entrado el Barça. Por obra maestra, amor propio, orgullo y valentía, se consiguió dar la vuelta a la eliminatoria en el Camp Nou, donde sí se puede presumir de ser un fortín.

Aquella noche fue una de las más felices que se recuerdan en el Camp Nou, pero estábamos ante solamente un espejismo que se desdibujó en Turín. Una vez más, la plantilla azulgrana fue arrollada lejos de su feudo. Esta vez, con la guadaña bien afilada, la Juventus no dejó escapar con vida a un Barça que cayó por 0-3 y mostró su incapacidad de reacción en el 0-0 en el Camp Nou. Empezaba la cuesta abajo. 

Barcelona fuera de casa
La Juventus venció al Barça por 3-0 en Turín | Fuente: Libyan Express

Roma y Liverpool, dos noches para olvidar

La pesadilla del Fútbol Club Barcelona comenzó realmente en el curso 2017-2018. Esa temporada, en Champions League, solo se logró una victoria lejos del Camp Nou, frente al Sporting de Lisboa (0-1) con un gol en propia puerta del zaguero charrúa Coates. Ni El Pireo, ni Turín, ni Londres fueron lugar para alegrías de los culés. Pese a todo, el buen ritmo del equipo como anfitrión hacía presagiar un pase a semifinales tranquilo frente a una Roma que era uno de los rivales deseados. Dicho y hecho, el Barça se llevó el encuentro en el Camp Nou por 4-1 sin siquiera llegar a pisar el acelerador. Todos pensaban que estaba acabado. Sin la concentración que exige cualquier encuentro de Champions, los azulgrana saltaron a un Olímpico incendiado del que salieron quemados. 3-0. Estaban fuera.

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Kostas Manolas celebra el tanto que sellaba el pase de la Roma | Fuente: ABC

Al año siguiente, desde el club se cansaron de repetir que tenían la lección bien aprendida. “No hay que confiarse”, “nos estamos dosificando para llegar frescos a marzo”… y lo cierto es que los números fuera de casa mejoraron. Victoria frente a Tottenham, PSV y Manchester United y dos empates ante Lyon e Inter. Pero quedaba lo peor. Cuando el equipo estaba a un paso de la final, habiendo superado por 3 goles a 0 al Liverpool en el Camp Nou, aparecieron los fantasmas de la eliminatoria de Roma. Sin Salah y Firmino, Klopp y los suyos se lo jugaron todo al empuje de un público que respondió como en las grandes noches de antaño. Con Origi y Wijnaldum como héroes, la mística de Anfield pareció bloquear a un Barcelona que acabó recibiendo cuatro goles. Les había vuelto a ocurrir. 

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Por tercera vez, el Barça caía tras un severo correctivo a domicilio | Fuente: Huffington Post

Ahora, Praga debe ser el punto de partida para recuperar el orgullo de un vestuario herido. El empate en Dortmund puede darse como positivo dada la entidad del rival, pero llega el momento de dejar atrás los fantasmas e ir a por una competición que el barcelonismo desea con cada vez más fuerza.