“Nuestro trabajo en las últimas semanas no está siendo bueno. Pero, a mí, no me sorprende. Si las cosas no se arreglan, vamos a terminar mal. El entorno influye y por eso el Barcelona es un club tan complicado. Si no fuera así, se ganarían muchas más cosas. Hace seis meses que estoy hablando de este tema, pero muchos no lo entienden”. Son palabras de Johan Cruyff el 1 de abril del año 1992 después de la derrota del Barça en el campo del Sparta de Praga. El “Dream Team” aplazó entonces su clasificación para la final de la Copa de Europa en Wembley, de la que todo el mundo conoce el desenlace.

Hace más de 30 años que Cruyff introdujo este concepto en el glosario del barcelonista. El holandés definió “entorno” como todo lo que rodeaba al Barça, desde aficionados hasta medios de comunicación. Aludía a una manera de funcionar en el club que históricamente había sido perjudicial para la entidad. Este “entorno” es el que pesa ahora sobre Xavi Hernández.

El técnico de Terrassa atraviesa su primer bache importante en el banquillo del Barcelona. La derrota en el Bernabéu, y sobre todo la virtual eliminación en Champions, han provocado un aluvión de críticas hacia su figura como entrenador, algo que no deja de ser normal y lógico; pero que quizás está tomando un tono demasiado elevado por parte de algunos. La decepción por los resultados y especialmente por el juego mostrado es una realidad. Ante el Madrid, se vio una de las peores imágenes recientes del Barça; un equipo roto, sin ideas, lento en ataque, débil en defensa y con un centro del campo inexistente. Eso nadie lo puede discutir, la dinámica es mala y como reconoció el propio Xavi: “Así no se puede competir”.

Dicho esto, pedir la destitución del técnico no tiene ningún sentido. Con nueve jornadas disputadas en Liga, el Barça es segundo a tres puntos del líder, con una sola derrota, 21 goles a favor y únicamente 4 en contra. Antes de aferrarse a cualquier estadística sacada de contexto, habría que detallar el contexto que le está tocando afrontar a Xavi en el banquillo.

Todo el mundo habla del porcentaje de victorias en sus primeros 50 partidos, el peor de los últimos 20 años en un entrenador del Barça. Nadie dice, pero, que Xavi es el único que no ha tenido a Messi, y que dejando a un lado las tres derrotas de esta temporada, el año pasado asumió las riendas de un equipo que Koeman dejó noveno en Liga y con pié y medio fuera de la Champions; con la que muy probablemente era la plantilla menos competitiva desde antes de la época más gloriosa de la historia del Barça.

Sin que sirva como excusa, a Xavi se le debe señalar si en el campo el equipo no ofrece el rendimiento esperado; más en esta temporada después de los fichajes y la inversión del club con la venta de patrimonio. Pero, igualmente, conviene decir que las lesiones no le han ayudado, que el calendario es exigente, quizás demasiado para lo verde que está el grupo, y que si pitan las manos de Dumfries en Milán, hoy estás clasificado para los octavos de final de la Champions.

Los que matan a Xavi son los mismos que mataron a Luis Enrique tras un arranque dudoso en 2014, o que querían echar a Rijkaard en 2003, incluso a Pep tras empatar ante el Rancing en la segunda jornada de la Liga en 2008. Es el “entorno” del que debe abstenerse el vestuario, el que siempre está allí para pinchar en la herida, el que ni aporta ni conviene al verdadero barcelonismo.