Ha tenido que ser en un Clásico donde las carencias competitivas se reflejasen a ojos de todo el mundo. La duda que nos llegábamos a plantear era si la culpa de los últimos grandes batacazos era de los jugadores o del cuerpo técnico. En principio, parecía ser de los que dirigían desde el banquillo, y por eso se destituyó a Valverde, pero tras lo del Bernabéu nos va quedando más claro dónde está el problema.

Los aficionados siempre demandamos fútbol, carácter, orgullo y un mínimo de compromiso. Eder Sarabia es un joven entrenador capacitado para comandar cualquier equipo. Así lo demuestra su actitud y los ejemplos que ha ido dejando al lado de Setién en Las Palmas y el Real Betis. Ahora en el Barça, cambia la película, pero él se mantiene fiel a sus ideas, como debe ser. Un vestuario de estrellas no se gestiona igual, pero al fin y al cabo, todos son futbolistas, todos reciben las mismas órdenes, y todos deben acatarlas, por mucho que te llames Messi o Loren Morón. El fútbol cada vez está más preparado técnicamente: los rivales se analizan individual y colectivamente, y el deber de los técnicos es sacar el máximo rendimiento de su plantilla, así como de corregirles cuando fallan y aplaudirles cuando cumplen con la tarea. Pero, sin embargo, el lado oscuro de esta nueva era moderna se muestra en el ego de jugadores mediocres, que apenas tuvieron dificultades para recalar en un club al que le cuesta estudiar en profundidad las características de sus fichajes.

Con Ernesto Valverde, probablemente el mejor gestor de grupos de la historia –no un gran entrenador-, veíamos cosas que no cuadraban. Veíamos poca alma, poco espíritu para dar explicaciones, pocas ganas de afrontar cambios… parecía que había miedo de mostrarse con naturalidad ante las miles de cámaras que rodeaban al estadio. Y sí, hablamos desde el sofá, porque tampoco hace falta estar dentro del vestuario para darse cuenta del circo. Cuando los jugadores se acomodan a un entrenador, mal camino. Cuando los jugadores defienden lo indefendible, mal camino. Echarse la culpa por hacer el ridículo en plena semifinal de Champions es lo mínimo que se tiene que hacer, pero que el representante del vestuario salga a decir que “no estaba viendo el córner, supongo que no estábamos mirando, ellos han estado listos y nos han hecho gol”, es el insulto más grande que un seguidor puede recibir tras perder miserablemente 90 minutos de su vida. Ni unos son tan buenos, ni otros tan malos: directamente los dos muy malos.

A mí dame un entrenador que no le tiemble el pulso para decidir, pues para eso se le contrató. A mí dame un segundo entrenador que actúe como el primero, pues éste también puede no tener sus días y fallar, o ser expulsado y tener que dejarle el papel al segundo. Por eso es tan importante una persona como Eder Sarabia, porque ya dijo Setién la valentía y la ayuda que le proporcionaba, y que como otra persona cualquiera, también es duro de comprender. A mí dame un entrenador que no tenga que mirar el nombre, que vaya con la verdad por delante, y que no se esconda porque “esté disfrutando la oportunidad de su vida”. Si quisiera ganarse la confianza barata del club y los jugadores, se limitaría a poner buenas caras, a hacer la pelota y a ser títere, lo que, casualmente, algunos futbolistas critican, y echan de menos. A mí, con el cariño, respeto y admiración que he sentido por muchos de nuestros jugadores, perdonadme que os diga, me gustan los entrenadores que vienen a hacer su trabajo, y no a lo que ellos digan. Quien esté satisfecho bien, y quien se ofenda, que cierre la puerta al salir. Por eso Eder Sarabia siempre estará en mi equipo.